El sufrimiento como bandera y/o la eterna lucha

Sehnsucht es una palabra típica alemana que no tiene traducción al español. Indica anhelo hacia alguna cosa intangible. Se parece un poco al concepto de nostalgia, aunque mientras la nostalgia es un deseo de reapropiarse el pasado, Sehnsucht indica la búsqueda de alguna cosa indefinida en el futuro.

El término es un compuesto formado por dos palabras: das Sehnen, que vendría a ser deseo ardiente, y die Sucht, que significa adicción o búsqueda. Significaría literalmente una “dependencia del deseo”, algo así como estar insatisfecho por la búsqueda eterna de algo que nunca se llega a encontrar, derivando en una fuerza autodestructiva, en un eterno sufrimiento.

Esta palabra es típica de la cultura romántica, propia del individualismo y la exaltación de los sentimientos que caracteriza dicho movimiento cultural. De hecho, es traducida en algunas ocasiones directamente como “Romanticismo”, lo cual no es casualidad, pues mucha de la literatura típica de la época ensalzaba el sufrimiento. Los intelectuales de entonces solían escribir siempre sobre algún tipo de pena, ya fuera un mal de amores o alguna desgracia en general. Sufrir era sinónimo de inteligencia, sabiduría y elegancia. Los que no sufrían era porque no pensaban, pues como decía Goethe “El carácter se forma en las olas tormentosas del mundo”. Y así, la tierra pasaba a ser un lugar de continuo padecimiento en el que el sentido se encontraba precisamente en los avatares de la vida.

Pero sufrir es algo malo, a nadie le gusta ¿verdad? Entonces, ¿cómo es que hay veces que parecemos “disfrutar” con el dolor y que, anclados a esta actitud romántica, nos autoproclamamos mártires con el sufrimiento por bandera?

El psicólogo Ximo Tàrrega, en su artículo “De la autosuficiencia a la interdependencia”, menciona “la victimización” como una de las diferentes actitudes que se desarrollan ante la necesidad de reconocimiento que no se ha visto satisfecha. Esta consistiría en asumir el rol de víctima como manera de relacionarse con el entorno. Son personas que han hecho de su lucha una bandera como suerte de ajuste creativo. De esta forma “los méritos para ser alguien van directamente ligados al sufrimiento vivido.” Suelen ser personas que se quejan mucho de su situación, pero que no buscan tanto una solución a sus deseos, como un reconocimiento de estos. Un reconocimiento, de hecho, negado en su día y que ahora intentan suplir con una carrera de méritos por sufrimiento. Su vida se convierte así en una auténtica competición de “a ver quién es el más desgraciado/a.” Es decir, en la queja en sí está la satisfacción, no en la búsqueda de soluciones. Son los eternos insatisfechos, personas que como bien apunta Tàrrega “suelen crear frustración en el otro, pues a cada solución propuesta, son capaces de encontrar no un problema, sino dos.”

Podemos nombrar varios ejemplos de dichas personalidades. Uno lo cita el autor mismo en el artículo. “Son las actitudes propias de las mujeres nacidas en la década de los 20, o 30 del pasado siglo, que tuvieron que encontrar su “valor” en el sufrimiento y la dedicación abnegada.” Mujeres dedicadas totalmente a la vida de los otros (de los que cuidan) que se olvidan de sus propias necesidades. Mujeres a las que “los valores dominantes en la sociedad no les dejaron otra vía que el dolor para sentirse alguien.” Como, por ejemplo, los valores católicos que consideraban la vida terrenal como un “valle de lágrimas”, un lugar para la penitencia y el sacrifico como premio para ganarse el cielo. También, valores de una sociedad machista en la que la mujer debía casi negarse a sí misma para entregarse ciegamente al cuidado de los hijos y el marido. Mujeres que, más que nadie, han padecido las consecuencias de los modelos sociales de aquella época, pero que a la vez parecen no poder reconocer esa injusticia en la manera en que son tratadas e incluso disfrutar siendo tratadas así. Y es que “nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo”, ya que, en estas personas, la libertad para pensar en sí mismas y en el placer no forman parte de su función personalidad. O lo que es lo mismo, no saben actuar de otra forma, pues en su arsenal de conductas solo está la de ser víctimas.

Pero la posición de mártir no es la única en la que se esconde esta necesidad de reconocimiento. La actitud victimista puede ir enmascarada a veces por su opuesta, la del fuerte luchador/a, porque ¿qué es un luchador sino una víctima de aquello contra lo que lucha? Es, al fin y al cabo, el mismo caso, solo que aquí la persona intenta aparentar una imagen de luchador/a, fuerte, alguien que no necesita a los demás para nada, pues son los otros los que necesitan ser salvados por él/ella.

De esta forma, ante una desgracia, parece que no existe otra vía posible que dar la imagen de luchador/a. Es típico también de estas actitudes, el acogerse a cualquier filosofía o ideología (la que sea, machismo, feminismo, capitalismo, comunismo, nacionalismo, etc.) de manera casi fanática como pretexto para reafirmar ese papel de víctima o luchador/a empedernido, más que por la importancia que se le dé a la ideología en sí misma. En estos casos, aun siendo de manera inconsciente, la persona suele tomar ideologías para intereses personales, tergiversándolas al gusto para que, al fin y al cabo, se adecuen lo más posible al propio modo de ver el mundo.

Estos valores de máximo sacrificio y entrega siguen latentes en nuestra sociedad. Obviamente, no se trata de demostrar que la lucha y el sacrificio sean malos, sino más bien de resaltar la importancia de analizar nuestras conductas y “darnos cuenta” de si esconden un doble fondo. Muchas personas se refugian en estas actitudes creyendo que les ayudan a sentirse mejor, pero nada más lejos de la realidad, estas esconden una gran necesidad de cuidados, de pedir ayuda y una gran dificultad para contactar con sus necesidades que, de hecho, puede que sean precisamente un “por favor ayúdame” que se esconde detrás de esa imagen de fortaleza, de luchadores/as que no encuentran otra manera de ser atendidos que ser ellos los que atienden y “ayudan” a todos. O detrás de esa víctima que no encuentra otra manera de “hacerse oír” que quejándose a cada segundo de lo injusta que es la vida.

C.S.Lewis describe Sehnsucht (esa “dependencia del deseo” de la que hablábamos) como “el incontrolable deseo en el corazón del hombre hacia no se sabe qué, que lleva a no contentarse con aquello que se tiene , sino que nos mueve hacia nuevos retos u objetivos.” Ese Sehnsucht puede, de hecho, servir para avanzar y no para quedarse estancado.

“Un hombre ve en el mundo lo que lleva en su corazón.” W.G

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